sábado, febrero 07, 2015

Hay una historia...

Hay una historia. Uno de los relatos que más escuché de niña fue que mi madre, embarazadísima de mí, se fue a una marcha a la Plaza Libertad en San Salvador con mi padre. A principios de los ochenta, el gobierno represor salvadoreño abatía las movilizaciones populares con balas. En esa marcha, empezaron a disparar. Mi madre, angustiada, intentó correr a una de las salidas de la plaza pero mi padre dijo que 'por ahí no´ y la instigó a agacharse, la cubrió. Entonces, sobre la calle donde madre iba a correr cayeron balas de ametralladoras y pasó una tanqueta. Una vendedora del mercado escondió a mis padres hasta que pasó todo. Digamos que salvé la vida antes de nacer. Y eso no es fútil. Un día una muchacha criticó que yo estuviera hablando por acá del compromiso social de mi familia. Pero hoy me nace hacerlo. Hace unos cuatro años un hombre al que quiero muchísimo me dijo que no me felicitaría en mi cumpleaños porque mi nacimiento fue un azar y es cierto. Tal vez no sea tan bien visto la alegría sucedánea que he tenido los últimos días por cumplir 35 años. La verdad me emociona que, mientras escribo esto, las últimas células de mi quinta vida (las células cambian por completo cada siete años) están extinguiéndose. Los últimos meses han sido difíciles y hay de dos, al menos. Pensar en todo lo que "no tengo" a mi edad. O pensar en todo lo que siento y he creado. Me siento bendecida (de manera laica) por la vida. Rodeada de amigos que amo y me aman. A lo lejos, cuidada y querida por los García Dueñas, mi vanguardia emocional. Resguarda mi tecleo la pequeña y Gran Gata Selva que llegó a mi vida para barrer cualquier asomo de tristeza. Dedicándome a lo que más amo: escribir y acompañar a las personas en sus procesos de escritura. Estoy contenta, como dice Raúl Zurita, "la vida es hermosa, aún ahora". A pesar de todo el dolor de la conciencia de estar viva, del mundo que se nos está cayendo a pedazos, de la injusticia social, de la angustia vital, del aprender a puros porrazos que una mujer no necesita -necesariamente- un hombre o hijos al lado para sentirse plena; celebro que mi madre no corriera hacia donde cayeron las balas, celebro que mi padre le dijera 'por ahí no' y que yo esté aquí, desvelándome, escribiendo esto. Gracias a los que han estado y aparecido. "Debo mucho a quienes no amo. El alivio con que acepto que son más queridos por otro. La alegría de no ser yo el lobo de sus ovejas", digo, citando a Wislawa Szymborska. Y a los que sí amo, que leerán esto y se sonreirán, saben de mi incondicionalidad, a veces mal genio pero amorosidad ¡Salud!

1 comentario:

Liga de niños superlectores dijo...

Hoy busqué y te encontré, halle unas palabras reconfortantes, felices, te envío un abrazo. Y mi solicitud de que me envíes información si pronto darás un taller.