viernes, mayo 08, 2009

La silueta de mi soledad


A Anaïs y Emiliano por leerme en voz alta a Yannis Ritsos, y hacer del largo aliento una forma anhelada de belleza

A usted, el destinatario de mis días:

Es triste aceptar que solo tú eres capaz de reconocerme entre la multitud de cientos de personas con el traje planchado, en mi prominente silencio de esquina de gruta e interiorizar que sin ti hubiese vagado por el mundo sin reconocimiento, hundido en la anónima escena de mi crimen propio, como un mástil exagerado que se cierne sobre el mundo.

No habría conocido la tibia cobertura de los cuerpos, cuando el polvo vuela a los pies del lecho y la luz se cuela entre las cortinas.

Seguiría siendo la casilla vacía de mi ego o el gusano de los nardos, la anchura de mi cama vacía sin tu presencia, si el fuego de tus labios partidos no iluminara mis recuerdos de hombre solo.

Ahora que los lustros han pasado, y el color gris de mi orgullo ha decrecido en mi espina dorsal, causando una curvatura similar a la del esqueleto de ballena, estoy frente a tu puerta implorando que la muerte y los años no sean lo suficiente amplios para separarnos.

Apelo a la piel que nos tembló en los años lúbricos de juventud, ahora que espero, en el dintel, tu añorada silueta y que tal vez no vuelva a verte porque a veces o siempre es demasiado tarde.

Durante más del tiempo necesario, cada vez que el vagón pasaba por tu estación me prometía a mí mismo que esa vez sí me bajaría, sorprendiéndote a media noche para bajar el cierre de nuestras penas mutuas por tanto cuerpo separado –tanto tren mulata tanto tren-, pero mi cobardía incrementaba al temer que podría encontrarte cubierta de otra piel y otros hombres, entonces rabiaba y sentía palpitar la bilis en millones de explosiones subrepticias como la tarde de aquel diciembre cuando dijiste, por primera vez, que regresabas de nuevo con él, que preferías el tacto de la vieja crianza, la seguridad ontológica de las cadenas, a la incertidumbre de mí.

Entonces, las petunias que colgaban de mi balcón no se estremecieron.

Y cada vez que me dejaste, te volvías una mancha de colores en el pasillo, como los recuerdos que, un día dijiste, te quedaron de mí.

Hubiese querido que el mundo entero se estremeciera por mi tragedia de perderte y no solamente las hojas de las plantas, los rostros de las mujeres en el mercado o las manos del vendedor de pan, sino todos los personajes cotidianos que vieron agrietarse tu olvido en mí, crecer el rencor en el tono cenizo de mi tez, que se fue descascarando como la piel de un durazno que se avejenta en el congelador.

Tal vez todo esto que te diga y escriba no haga mella en ti.

Quizás no existas más que en la memoria de los instantes compartidos.

Posiblemente, petulantes y sin razón, creímos que existía una conexión irrepetible en la línea de nuestro discurso, formando una sola piedra azul que el rodar de millones de años destruyó.

Porque cada vez que nos encontramos, en la sucesión de varias vidas, fuimos una madeja incontrolable de ganas y yo creí, ingenuo, que solamente tú eras capaz de reconocerme entre la multitud.

Solo existió una manera, entregándonos como animales, en la profundidad de las marcas que dejan los dedos y los dientes, que sentimos descanso de ese estertor que nos quemaba.

Te grité tantas veces al oído que nunca me dejaras.

Abrázame, no me sueltes, llévame contigo, no importa tu carne más madura que la mía, ni tus ojos de alma vieja, no te rindas.

Pero te rendiste.

Y yo, aprendí a tambalearme en mi tragedia, a buscar en otros catres amargos la dulzura de tu carne mía, viví una fiesta que duró años, mis ojos enervados de alcohol se desgastaron de buscarte en las esquinas, en las palabras conocidas, en cada uno de tus defectos repetidos.

Y yo también fui cobarde como tú.

Porque cuando le pregunté a mi corazón, ese músculo sincero, sobre el camino que debí tomar, me imploró que por ti me arrebatara de insistencia.

-Bájate del tren y camina a su casa, me dijo.

Y yo me resistí.

Porque nunca quise verte con él. Me hubiera quebrado en pedazos. No hubiese quedado nada de mí.

Era joven, más de lo debido, más de lo que ese amor incendiario necesitaba.

Esta pasión demanda de mí una sabiduría que no he conocido. Y no sé si algún día lo haga.

Por eso estoy disfrazada entre estas líneas, no soy un hombre que toca la puerta en un barrio malo, dentro de un poema griego.

No tengo otra forma de hablarte sino esta.

Solo tú sabes quién soy y por qué escribo.

También soy cobarde, y no me bajo del vagón cuando paso por tu casa.

Estoy rendida y ya tan solo

Te espero.

Toco tu puerta

no abres

la luz de los faroles tirita

el halo del frío es humo en mi boca

miro al suelo, inútilmente dibujo círculos de polvo,

y a mis pies solo descubro:

.

la silueta de mi soledad.

5 comentarios:

Norelis Angélica dijo...

me ha gustado mucho, lo senti

-Nore

antonio dijo...

me gusta como escribes
volvere para leerte sin duda
espero que esta vez sea solo el principio de una buena relacion epistolar y quien sabe..........

Patty Aragón dijo...

Sabía en cuanto comencé a leerlo que debía ser una lectura compartida. Tomé el teléfono y continué leyendo

Sólo puedo decirte: ¡Gracias!

Sor Juanais dijo...

TE ADORO HERMOSA!
ME SIENTO HONRADÍSIMA.

el árbol rojo dijo...

sé que soy repetitiva, pero soy fan y no me cansaré nunca de serlo
besísimo