sábado, enero 09, 2010

Estampas fucsias de una ciudad gris

Ciudad de México, 9 de enero de 2010

Hace frío. Mucho. Estamos a siete grados. El norte del país está a menos cero. Mis facultades literarias casi congeladas. No sé por qué últimamente no me gusta nada de lo que escribo. Tal vez me sirva entonces el próximo taller que tomaré como agente infiltrado. Luego les cuento.

Hoy me han invitado a una fiesta pero lo único que quiero hacer es poner una película y echarme a la cama. No sé que fuerza sobrenatural podría hacer que por segunda vez en el día, me vista y salga a luchar contra la lluvia y el metro moviéndose a dos kilómetros por hora. Mi caja toráxica expulsa una tos tan ruidosa que la gente en la calle se aparta a mi paso. Tos de perro, pues.

Sin embargo, el paseo de hoy valió absolutamente la pena. En primer lugar porque fui a Casamanita, que no es solo una casa, sino un estado de ánimo, abracé a Pavel, le dejé unos frijoles, y tuve una charla amenísima (vaya adjetivo, pero no encontré otro mejor) con el escritor chileno Javier Norambuena, quien se puso muy contento de que le trajera de El Salvador la obra completa de Roque Dalton. Acerca de quien promete hacer un artículo y dedicármelo. Dejamos acá por escrito su promesa.

Le dije, entre muchas de las cosas que le dije, porque Javier tiene la capacidad de que le confiese asuntos que en general no cuento, que –en alguna medida- yo empecé a escribir por haber leído en mi adolescencia a Roque. El poeta, continué diciéndole, ha sido en mi escritura académica y periodística un tema constante, no solo su obra, sino también su asesinato (historia incómoda) que aún no ha sido castigado.

Antes de que se me olvide, y de meterme bajo dos colchas peludas y poner mi película, quise poner también en letras, consonantes y vocales, algunas cosas que aprendí hoy en esa larga charla de variados tópicos con Javier Norambuena.

Primero: uno no “es” heterosexual u homosexual, sino que “está” heterosexual u homosexual, siendo la sexualidad un tránsito comparable con el que viven las tribus urbanas. Uno “está” emo, no “es” emo, uno “está” punk, no “es” punk. No sé si estoy de acuerdo del todo con la hipótesis, pero me gusta la idea de no dar la sexualidad por sentada.

Y es que a pesar que me la doy de mente abierta, como diría Gramsci, todavía me quedan en la cabeza los ecos de mi educación católica, impregnando mi vida laica.

La segunda cosa que realmente aprendí hoy, y lo necesitaba, es que no podemos dejar de soñar, sueños académicos y de vida errante y nómada. Soñar es un verbo bastante abusado, pero a mí me gusta.

Bajos mis ánimos, cargada mi alma de un existencialismo profundo y una histeria que creí disimulada, me gustó escuchar a Javier contándome de sus proyectos de viajes, talleres y cursos. Yo me reconecté con los míos y volví a creer que puedo estudiar un doctorado donde se me pegue la gana, y que al final terminaremos haciendo lo que realmente deseamos, en el país que sea. Escribiendo. Siempre.

Tal vez sea que con la crisis económica y la crisis de mis pre-treinta, y los problemas emocionales que ahora – y siempre- me aquejan, a veces me surjan demasiadas dudas.

¿Y qué pasa si somos los mejores? Me puso Eva el otro día en el muro del Facebook. Y yo me pregunto ¿Qué tal si estos adolescentes tardíos no nos damos por vencidos?

Al escuchar a Javier me acordé de los real visceralistas, de esos poetas patéticos pero excelsos. Me gusta ser parte de esta raza de perros románticos, aunque últimamente Bolaño sea un lugar común.

Y así, la ciudad me recibe, en las caras de mis amigas y amigos que siguen acá en el viaje (literal, como en el caso de Pavel). En merienda con las Poetas del Megáfono, en la sonrisa de Zaria dándome posada, ánimo y cobijo, en el gato azul diciéndome que soy “como una dimensión”.

La lluvia cernida en el disfraz que me puse hoy para salir a la calle, me regresa a mi barrio, el Centro Histórico, la cloaca feliz de la gran Tenochtitlán, me sonríe en los meseros y en los dependientes que parecen haber notado mi ausencia y celebrar discretamente mi regreso. Uno de ellos me obsequió ayer un pastel de chocolate.

Por su lado, una de mis pequeñas vecinas sale a la calle, a pesar de la lluvia, en zapatos sin calcetines y chupa un dulce fucsia, en medio de toneladas de asfalto gris.

Cuando me fui a El Salvador, hace un par de semanas, miré en mi calle favorita (Filomeno Mata) a tres estatuas vivientes, recubiertas de bronce, perfectas, juntando a su alrededor a los transeúntes curiosos que veían asombrados a estos jóvenes personajes que parecían sacados de una obra de Charles Dickens. Sonreí, y sentí que era testigo de “uno de esos momentos”.

Por eso, y por más cosas que a veces se me olvidan, amo el D.F., amo mi exilio voluntario y si algún día me voy, que me iré, tarde o temprano, una o más veces, siempre extrañaré estas estampas fucsias en medio de la ciudad gris.

3 comentarios:

nicolececilia dijo...

viva Javier Norambuena, a mí me cambia la vida todas las veces, además de que me hace temblar y salivar, estemos o no estemos heterosexuales!

Anaïs Abreu dijo...

Me dieron ganas de conocer a Javier después de leer esto. Te quiero tantísimo amiga hermosa y soy tu fan!!!

Mara Pastor dijo...

"estoy" contigo. abrazos desde mi "estar" enamorada en london.