lunes, agosto 08, 2011

Besos pintados en recuerdo de Oscar Wilde


Con el tiempo, he aprendido que las cosas que a uno le pasan en la vida tienen un sentido de interrelación. Los hechos aislados no existen. La sensibilidad que nos otorga la literatura consiste precisamente en aprender a leer esa conexión entre sucesos aparentemente alejados. Digo todo esto, por la implicación sentimental que me produjo releer este domingo “El Príncipe Feliz” de Oscar Wilde.

El espíritu humano es más consiente de sí mismo los domingos. Es una teoría que he venido desarrollando a través de los años y está reforzada por el comentario generalizado de que ese día una especie de certeza existencial se apodera de las personas.

Las lecturas dominicales y los pensamientos en general suelen ser más hondos el último día de la semana, justamente un día antes de que la vida vuelva a iniciar su rutina. Por eso los niños se ponen tristes los domingos.

Cuando era niña leí “El Príncipe Feliz” de Oscar Wilde y hoy por propia voluntad y azar volví a hacerlo. El libro estaba ahí, entre mis cosas. Acababa de leer un post de “El inútil de la familia” de Elmer Menjívar y tenía ganas de masticar lecturas hondas, dominicales.

La luz del día entraba por entre las cortinas rojizas de mi habitación e iluminaba mi lectura, al fondo oía los ruidos familiares, mi madre me llamaba a la mesa pero me tardé un poco más en llegar. Cuando terminé de leer el cuento, los ojos me quedaron acuosos como de caricatura japonesa y sentí verdaderos espasmos en el plexo solar.

El relato data del siglo XIX pero habla exactamente de lo que ahora vivimos como especie. Cuenta la historia de un príncipe vuelto una estatua cubierta de oro y piedras preciosas que está emplazado sobre Londres. Lejos de su palacio, se da cuenta de las miserias del mundo.

Los personajes son una gaviota, inicialmente enamorada de un junco, un grupo de políticos vanidosos, un niño enfermo que pide naranjas, su madre costurera, un escritor hambriento, una pareja de enamorados, un vestido de pasionarias, una chiquilla cuyos cerillos cayeron al río. Dios y un ángel.

Los hechos se desarrollan de tal forma que la gaviota muere a los pies del príncipe luego de besarlo en la boca, los pobres logran tener alimento y los políticos discuten en honor a quien erigir la siguiente estatua.

Mis lecturas de hoy me llevaron también a leer la bitácora de una hermosa viuda y la mala noticia de que el pintor y escultor Alfredo Catalán Medrano fue asesinado por pandilleros en San Jacinto sin que ningún sospechoso esté detenido. En estos momentos, una duda del sentido de la vida, sobre todo también, por la reciente vivencia de asuntos familiares que nunca esperé enfrentar.

Pero leo a Wilde, un hombre que vivió el éxito mundano y literario para luego conocer la cárcel y el exilio, por haber aceptado abiertamente su homosexualidad. Y recuerdo, aquel otoño en París cuando conocí su tumba y me sorprendió que la gente dejase encima marcas de besos con pinta labios y corazones dibujados.

Tuiteo sobre Wilde y Juan Carlos Quezada me manda una imagen titulada “Besitos sobre una piedra de París”. Rodrigo Arias me recuerda la inmortalidad de nuestro Oscar.

Mi parte favorita del cuento: “Tráeme las dos cosas más valiosas de la ciudad, dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto. Has elegido excelentemente, dijo Dios”.

Ezequiel Reyes me escribe: “Te falta decir que esas dos cosas las encontró el ángel en la basura, lo verdaderamente valioso no es visible y muchas veces es relegado por la sociedad”.

“Y lo arrojaron al montón de basura donde estaba también la golondrina muerta”, agregué a la cita, en respuesta al comentario de mi amigo.

El Príncipe Feliz dio hasta sus ojos por disminuir la miseria de los demás y la gaviota murió de frío en vez de viajar a Egipto con sus compañeras. Al final, haciendo el bien, ambos se enamoraron.

Wilde descansa su inmortalidad en un cementerio de París donde la gente le deja besitos marcados con lápiz de labios. Se cuenta que, cuando estaba esperando en la estación con los demás presos para ser llevado a la cárcel, alguien se acercó y lo escupió en la cara, pero él ni siquiera pestañeó. El tiempo pone a cada cual donde se merece. Nadie recuerda ahora el nombre de quien escupió al escritor.

Luego de tratar de encontrar el sentido a mis lecturas de hoy, concluyo que dentro de las tragedias personales y de país, tal vez tengamos que aprender que debemos dar todo de nosotros para ayudar a los demás, dejando a un lado el ego y el egoísmo. Tal como lo hizo el protagonista del cuento y su gaviota.

Lo verdaderamente valioso no es visible…

El corazón de plomo de un príncipe y una gaviota muerta, las cosas más valiosas de una ciudad, las encontró un ángel en la basura.

A veces perdemos la esperanza de que las cosas mejoren. Pero en El Salvador, como en los cuentos, hay gente que desde el anonimato da lo mejor de sí a los demás. Yo quiero ser de esas personas. Ojalá que vos también y así podamos cambiar esto que nos anda pasando a todos.

Versión publicada:

http://www.elfaro.net/es/201108/opinion/5249/


1 comentario:

Goetz dijo...

Wilde nunca deja de enseñarnos con sus escritos, pero aquello más grande sin duda, es que nos recuerda que para los más grandes hombres esta hecho el futuro, los póstumos como bien decís, no son las figuras del presente. Yo también tengo muchas esperanzas en el país, porque confío en la gente. Además, recordando un poco cierta mitología, los árboles que crecen más alto son aquellos que sus raíces están bien incrustadas en el infierno. Te comparto un minúsculo escrito mío de Wilde, para un aniversario suyo de cuando conocí su tumba. Saludos.