domingo, noviembre 02, 2014

Sobre la crítica literaria a Horacio Castellanos Moya

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El lunes leí la “crítica” de Beatriz Cortez a la obra y vida del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya en la coyuntura del Premio Manuel Rojas que le entregaron en Chile recientemente. Una idea que me rondaba la cabeza cuajó en mí: no se puede llamar crítica literaria a lo que no lo es, aunque sea un comentario de opinión o columna en un medio de comunicación.

La literatura y el arte suelen despertar polémicas porque están intrínsecamente relacionadas con lo que somos y con nuestras visiones de mundo, por lo que, así como las pláticas sobre política, levantan polvo, apasionamientos y hasta insultos.

Los principales errores al hacer un comentario o crítica literaria son las falacias de generalización, de autoridad o la falta de argumentación. También se puede descontextualizar la obra o pedirle -inmerecidamente- al artista o libro que satisfaga lo que nosotros creemos que debe ser la literatura y el arte. El crítico se enfrenta al peligro de sacar conclusiones descabelladas, uniendo supuestas pistas para desacreditar al atacado, sin pruebas. También dijo Sigmund Freud en 1907 que el dichoso no fantasea. Fantasear en la crítica demuestra un resentimiento inútil que no sirve para construir pensamiento.

Todo esto sucede en el texto de Beatriz Cortez contra las declaraciones a la prensa que ha hecho Horacio Castellanos Moya como si descalificar las entrevistas sirviese -ilógicamente- para desacreditar sus novelas. Cortez empieza con las falacias de autoridad: “Analicé casi todas sus novelas. Leí con atención todos sus libros. Tengo, por lo tanto, alguna responsabilidad en todo esto”. El lector entonces debería, según ella, creer en las sucesivas incoherencias que se van a plantear en su artículo sólo porque esta mujer se enclasa como “intelectual”. Eso, según Teun van Dijk, es falacia de autoridad.

Cortez saca sus conclusiones, basadas en declaraciones que ha dado Castellanos Moya, descontextualizándolas y diciendo asuntos tan graves como que el autor se aprovechó de declararse amigo del escritor chileno Roberto Bolaño para vender más libros. Eso es una acusación, de espaldas, entretejida en suposiciones, sin pruebas. Los argumentos que da son endebles y no analizan profundamente la economía política editorial actual. Se trata pues de un golpe bajo, una difamación.

Destaco su falacia de generalización: “después de ver repetido el mismo retrato una y otra vez, de leer una y otra vez a una voz demasiado similar regodearse de la misoginia, burlarse de la pobreza, celebrar el racismo y el imperialismo cultural, retratar repetidamente a nuestro país desde una perspectiva colonialista y renegar de todos los escritores nacionales le perdí interés poco a poco”.

Cortez no ha leído los ensayos "Breves palabras impúdicas" de Castellanos Moya donde él, generosamente, destaca el trabajo de varios escritores salvadoreños, por lo que su afirmación de que el escritor reniega de “todos” los escritores nacionales es falsa.

La crítica, además de basar sus argumentos en falacias, está exigiéndole a las novelas de Castellanos características “políticamente correctas”, parece solicitarle valores morales y de transformación social. Pero una novela no puede ser feminista, ni discursiva para criticar la pobreza, ni plantear personajes que luchen contra el racismo y el imperialismo cultural. No, deliberadamente.

Ernesto Sábato apuntaba que los críticos de Marcel Proust lo acusaron en su momento de sus principales cualidades: lentitud narrativa y su forma de retratar la vida burguesa. Retomando esto, creo que criticar a Castellanos Moya por retratar condiciones de la sociedad, no como apologías, sino de forma irónica y ácida, implica -incoherentemente- atacarlo por uno de sus principales logros literarios. Sábato apunta que nadie se acuerda ahora de los críticos de Proust pero, por suerte, sí de Proust.

Cortez dice que los objetivos, a mitad del siglo veinte, de la residencia Iowa City, donde ahora vive el escritor “incluían luchar contra las ideas de la izquierda internacional, contrarrestar los avances del arte abstracto, convencer a los escritores del mundo a 'aprender a amar a los Estados Unidos' y a percibir el contraste con el contexto de censura, violencia y persecución de su propia casa”. Dicha aseveración descontextualiza, de nuevo, la obra del escritor y lo acusa por algo que solamente pertenece a su vida privada. Uno puede vivir donde se le da la gana. Y una crítica literaria no puede suponer que él ahí no se siente a gusto en comparación de otros lugares donde ha vivido. Esas son conclusiones descabelladas. Extraliterarias.

El poeta chileno Nicanor Parra fue criticado en su momento por tomar el té con la primera dama de Estados Unidos y por eso fue destituido como jurado del premio Casa de las Américas. Nicanor Parra sigue vivo, cumplió 100 años y su obra lo respalda de tal modo que si tomó el té con quien quiso ya no importa.

En El Salvador, acusar o dejar abierta la sospecha de “derechista” contra la persona a la que se quiere descalificar, intenta aglutinar toda la descalificación posible de la gente que cree que ser de izquierda implica una superioridad moral que se inflinge mediante autoridad. Para mí, ser de izquierda no requiere agitar el dedo acusador contra quien supuestamente no lo es. En El Salvador, suele ser costumbre que, si alguien destaca en cualquier ámbito, es criticado, descalificado y, si es posible, insultado. Si alguien flota, parece que hay que jalarle las piernas para que se ahogue como los demás.

Horacio Castellanos Moya, el escritor salvadoreño más reconocido internacionalmente, como me gusta llamarlo, cuyos ensayos nos dieron luz en el curso que coordiné el año pasado en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) sobre literatura salvadoreña, el escritor al que leí, veinteañera, y sigo leyendo con fruición, ha ganado el Premio Manuel Rojas en Chile y es algo que me alegra, honestamente.

Lauri García Dueñas
Martes 28 de octubre de 2014, Santa María la Ribera, Ciudad de México. 


1 comentario:

Mario Alfredo Cantarero Vásquez dijo...

Estoy de acuerdo con la valoración que hace Lauri Luciérnaga sobre la “crítica” que recientemente Beatriz Cortez hizo de la obra y vida del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya .
Los argumentos de Lauri me parecen muy lógicos y fundamentados en su réplica sobre las falacias que hace Beatriz sobre al discurso literario de Castellanos Moya.
Creo que en la base de la crítica de Beatriz, está la envidia, más que el criterio científico en el campo del análisis literario.
Digo esto porque entre líneas se siente esa admiración deformada, llamada envidia, hacia un escritor laureado internacionalmente como Horacio Castellanos Moya. Más allá de la interpretación científica de la obra del escritor, se dedica a deslegitimar declaraciones del autor, sin texto y contexto, donde las frases adquieren su sentido.
A pesar de las apreciaciones ideológicas y la actitud literaria de Castellanos Moya, que pudieran no gustarle a muchos escritores provincianos y nostálgicos, o pudieran cuestionarse por su dureza en contra de la doble moral de los salvadoreños, castellanos Moya ha logrado construir una marca como escritor salvadoreño, en el mercado literario mundial, donde se le reconocen sus méritos narrativos, calidad que le han permitido producir, distribuir y fidelizar muchísimos consumidores.
Creo que la obra de un escritor como Horacio Castellanos Moya, por el sitio que se ha ganado en el mercado de la literatura hispanoamericana, debe juzgarse muy críticamente en la perspectiva de esclarecer su calidad narrativa, la coherencia de su ficción, el carácter y la función de sus personajes en sus cuentos y sus novelas, el correlato de su obra con el contexto histórico y antropológico de nuestro país, entre otras cosas.
Nuestro país requiere de críticos literarios competentes y responsables con sus afirmaciones, es decir, que fundamentalmente sostengan y que afirmen con las referencias empíricas válidas sobre sus objetos de estudio, sin menoscabar la importancia de sus propuestas literarias, con afirmaciones extremadamente ideologizadas, melancólicas o moralistas.
De lo contrario, seguiremos reproduciendo afirmaciones espúreas como las que tipificaron a nuestros grandes, como Alberto Masferrer, cuando se le dijo “viejo de mierda”, “comunista” o “derechista”, sin estudiar seriamente su obra.